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Agus Morales
"La guerra no es sólo el conflicto armado. Hay que pensar en la población civil" 

Agus Morales dedica su puño y letra al dolor de las víctimas de la violencia, a los desplazados, a los refugiados, pero también a la vida cotidiana de estas personas. Su faro es complementar las visiones a corto plazo de la inmediatez informativa, que son fundamentales pero insuficientes para comprender la complejidad de las crisis humanitarias.

Agus Morales

Agus Morales. Fotografía: Gustavo Gavotti

Por Trinidad Buffo | 14/05/2024

Este escritor y periodista nacido en El Prat de Llobregat (Barcelona), publicó diversos libros, entre los que destaca No somos refugiados, escrito tras recorrer 17 países y hacer más de 200 entrevistas durante una década. Colaboró con diversos medios, como The New York Times, Gatopardo, TV3, Catalunya Ràdio y la Cadena Ser. Trabajó para la Agencia EFE en la India y Pakistán, y también para Médicos Sin Fronteras en regiones de África y Medio Oriente. Ganó el Premio Ortega y Gasset en 2019 y el Premio de Periodismo en español sobre África Saliou Traoré en 2022; y dirige la revista 5W, proyecto de crónica y fotografía. En esta entrevista comparte su parecer sobre las narrativas de zonas de conflicto. 

Comencemos por el periodismo de guerra en sí. Algunos dicen que está en extinción, o tal vez lo que está en declive es la figura clásica del corresponsal. ¿En qué situación dirías que se encuentra actualmente?

A mí no me gusta demasiado lo del periodismo de guerra, pero evidentemente existe. Remite a un esquema mediático, no obsoleto, pero sí que necesita una revisión sin duda. Hay que entender que en occidente los medios de comunicación cada vez tienen menor cantidad de corresponsales y enviados especiales. Sí que mantienen todavía, pero hay menos recursos que antes para hacer coberturas. Ahí tenemos el primer cambio histórico, que yo creo que es el más relevante. Se ha sustituido por el freelance, con todo lo que eso supone a nivel de precarización y de desprotección del periodista. Vemos a mucha gente que ha ido a Afganistán o a Ucrania en condiciones inseguras, sin un medio detrás.

Luego, en un aspecto más editorial o del propio producto periodístico, pienso que hay un cierto agotamiento de una fórmula que tiene que ver con la descripción acrítica de la violencia y con una visión maniquea del mundo. Eso sigue existiendo pero resulta caduco, y se están exigiendo otras formas de explicar la guerra. Creo que todavía hay mucho por hacer, pero se está apuntando a este reto.

Y una última cosa. Es un sector que históricamente ha estado dominado por hombres blancos. Y eso es algo que está cambiando. Hay de todo, no quiero tampoco simplificar. Todavía queda mucho camino por recorrer.

¿Qué función cumple Reporteros Sin Fronteras en ese panorama?

Sí que intentan, me consta, dar apoyo a los freelance. Pero ese apoyo es limitado. No pueden de por sí sostener los seguros, por ejemplo. En cuanto a la libertad de expresión, la libertad de prensa y el apoyo a periodistas, se juegan la vida. Hay programas para periodistas que deben exiliarse. Creo que eso funciona y tiene mucho sentido.

Luego sí que es verdad que Reporteros Sin Fronteras, los medios de comunicación y los periodistas estamos un poco impotentes ante lo que es la deriva autoritaria que hay en todo el mundo. Muchas veces no es supresión de la prensa sino limitaciones, maneras de evitar que los periodistas vayan a ciertos lugares, no solo zonas de guerras, sino allí donde no se respetan los derechos humanos, abusos de poder, etc. Eso está a la orden del día cada vez más. De hecho, Reporteros Sin Fronteras comentaba hace poco que antes sus informes anuales hablaban de los regímenes de turno que suspendían las libertades porque eran totalitarios, y ahora cada vez más tienen que ir incorporando a otros gobiernos democráticos. Eso ha ido evolucionando, se ha ido incluso sofisticando por parte de los gobiernos.

El control del acceso a zonas de conflictos varía según el sitio y según se trate de un corresponsal, un freelance o un empotrado en el ejército, pero ¿cómo hace un periodista para conseguirlo? 

 

En muchos países hay listados. Y después acreditaciones para ir a informar allí. También hay permisos para hacerlo en primera línea o empotrado en el ejército, por ejemplo en Afganistán en su momento. Un medio grande suele tener más acceso, salvo que éste haya sido apretado. Pero los freelance suelen tener menos herramientas. Ese acceso no solo es complicado por el gobierno de turno sino también por el factor económico. La guerra de Sudán del Sur no se puede contar bien porque llegar a Malakal requiere ir en helicóptero. Y hay lugares a los que solo pueden llegar organizaciones humanitarias o el ejército. Todo eso influye en la capacidad del periodista para llegar.

 

¿Cómo hay que prepararse para realizar esta labor? ¿Qué formación es necesaria?

 

Todo tipo de periodismo es práctica, eso por supuesto. Pero está bien formarse. Me consta que hay cursos, por ejemplo Mónica García Prieto y Javier Espinosa hacen un taller sobre periodismo de guerra que me parece muy interesante, son profesionales que se han dedicado a eso durante mucho tiempo. Además, hay lugares en los cuales, por tu experiencia, por tu formación, tiene más sentido que cubras que otros. Si vas a trabajar en una zona o en un tema del que no sabes nada se complica.

 

Y luego, hay cosas que me habría gustado que me contaran antes de empezar. Al final, cada periodista tiene su forma de hacerlo. Yo te diría que el miedo es necesario pero hay algunos que no lo tienen. O yo te diría que el sentido común es necesario pero hay algunos que no lo tienen. Es complejo. Otra cosa que preocupa más allá de la preparación que puedas tener, es que puedas hacerlo económicamente.

 

Teniendo en cuenta esas variables, ¿cómo decides a dónde viajar y qué conflictos contar?

 

Yo intento hacerlo siempre de forma o bien horizontal o bien vertical. Vertical porque puede haber un país o un contexto en el cual tienes experiencia, has estado allí. Por ejemplo, he estado de corresponsal de la Agencia EFE en India y Pakistán, o he ido a Afganistán, entonces en esos lugares ya de por sí me siento casi llamado. Cuando los estadounidenses se fueron y entraron los talibanes sentí que tenía que ir.

 

Luego, a nivel horizontal es una cuestión práctica. A Ucrania yo dudé. No es mi zona tradicional de coberturas, pero mi justificación a mí mismo era que si estoy tratando movimientos de población, si estoy trabajando sobre refugiados y migraciones, este era el éxodo más grande de las últimas décadas, y tenía que contarlo. En esos dos ejes me gusta moverme para darle sentido a lo que hago.

"La denuncia de violaciones de derechos humanos y crímenes de guerra es necesaria (...) Pero esa denuncia debe ir acompañada de una visión que huya del maniqueísmo"

En cuanto al modo de informar los conflictos, ¿qué tan efectiva es la narrativa basada en la lógica “agresor-víctima” o “amigo-enemigo”? ¿Cuál es su alcance y su techo?

 

La denuncia de violaciones de derechos humanos y de crímenes de guerra es necesaria, y en ese sentido tiene vigencia el periodismo de guerra. Pero, esa denuncia debe ir acompañada de una visión que huya del maniqueísmo y de las visiones simplistas de la realidad. En todas las guerras hay verdugos, y eso hay que contarlo. Pero seguramente, traducirlo todo a una causa no nos ayuda a entender lo que está pasando.

 

Se echan de menos cada vez más visiones que complejicen esa realidad sin quitar la parte de denuncia. Por otro lado, está el peligro opuesto de decir que hay dos bandos en una guerra y que ninguno es bueno ni malo. Ese relativismo es muy peligroso. Todas estas cuestiones son preguntas que los periodistas en activo se están haciendo y que deben hacerse con más frecuencia.

 

Parecería que hay temas en los relatos sobre guerras y crisis humanitarias que se repiten y agotan. ¿Cómo crees que pueden construirse relatos que ayuden a comprender mejor esas realidades? ¿Eso es lo que buscan en la revista 5W?

 

Es tan fácil y difícil como reportear la vida en toda su amplitud. Muchas veces las coberturas quedan reducidas a la víctima y a la victimización. Por supuesto, hay que decir qué ocurre con las personas que sufren las violencias. Pero al final convertimos la cobertura en una caricatura de eso. Y es necesario contar quiénes son los verdugos.

 

Ahora bien, no tiene sentido sólo centrarnos en eso. Hay que ver las causas, cuál es el sistema que las provoca, qué hay detrás de ese dolor. Y por otro lado, algo en lo que yo siempre insisto mucho, la vida cotidiana. La guerra no es solo el conflicto armado. Hay que pensar en la población civil. La vida de las personas refugiadas es aburrida porque están afincadas en un campo de refugiados. Sin embargo, se suele contar más que su vida es trepidante, que van de un lugar a otro, las fronteras, que sufren violencias… y convertimos todo en una película de ficción, de Hollywood. Creo que eso no sólo es inmoral sino que refleja mal la realidad.

 

Para dar una visión amplia hay que buscar en ámbitos como el trabajo, la ocupación de esas personas, qué hacen, lo cotidiano; también en el ámbito cultural, algo que queda apartado; o el económico -en el que yo no soy bueno-. Esto apunta a un relato menos esencialista de lo que es la guerra. Es complicado, y ese es el reto.

"Hay que hablar de Gaza (...) ¿Pero qué pasa en Sudán? (...) ¿Qué está pasando más allá de Sudán, en Etiopía, en el Congo?

¿Qué es lo que determina el tipo de conflictos a los que la prensa occidental presta atención?

 

Primero, cuál es el medio de comunicación, qué intereses tiene, qué piensa que le interesa a su audiencia. Segundo, cómo lo hace, pues hay racismo, clasismo, y una visión del mundo. El componente geopolítico también es importante. 

 

Otro elemento clave es la capacidad de acción y el acceso. No es lo mismo cubrir un conflicto cercano que otro lejano. Además, si el medio piensa que eso no le va a interesar a sus lectores entonces no lo cubre. No debería ser así, sino que debería priorizarse qué es lo que consideramos necesario cubrir para dar una visión más exhaustiva de la realidad. Aunque eso sea casi imposible, al menos una visión que tu creas que cuenta mejor cómo estamos en el mundo.

 

Por ejemplo, ahora ¿qué está ocurriendo? Evidentemente hay que hablar de Gaza, es fundamental y necesario. ¿Pero qué pasa en Sudán? Quizá es la crisis humanitaria más importante actualmente. ¿Qué está pasando más allá de Sudán, en Etiopía, en el Congo? Así vas completando el mapa. Como periodista eres responsable, influyes en qué es lo que sabe la gente, en que tenga una idea de lo que pasa en cada sitio y de cómo se está moviendo el mundo. Los periodistas no pueden renunciar a eso. Sin embargo, lo están haciendo. Muchos no aspiran a decir “esta es mi visión del mundo”, simplemente aspiran a que las historias o reportajes encajen en algún modelo ideológico. Eso es absurdo. Se guían del momento político, de lo que se respira, de lo que se cree que se respira en ese momento. Entran en una cosa que es muy volátil, y que además está conectada de forma indefectible con el sistema mediático: las audiencias, los clics, la atención, todo eso es lo que más determina lo que se cubre y cómo se cubre.

Finalmente, para ir a algo más personal: ¿Te desdibujas cuando estás trabajando o relatas incluyéndote en primera persona? ¿Qué diferencia crees que genera informar desde una distancia impersonal y desde una presencia cercana?

 

No es lo mismo escribir en primera persona que sobre la primera persona. El problema es cuando es sobre ti mismo. La primera persona a veces puede no ser gramatical pero sí que está. Hay que preguntarse qué función tiene que esté ahí. Apuntar a una realidad compleja que presenta conflictos, contradicciones, todo eso es lo que la primera persona puede ayudar a resolver de alguna manera.

 

Si escribo un libro -ahora estoy acabando uno sobre Afganistán y Ucrania- en algunos momentos uso la primera persona, porque si no lo hiciera sería hipócrita, porque yo estuve allí. Entonces no ocultarlo es casi una declaración de honestidad, no hay una verdad absoluta que se escriba en lenguaje neutro.

 

De todos modos, hay que revisarlo bien, hay que equilibrarlo, evitar caer en escribir sobre la primera persona. El periodismo es un gremio que es bastante egocéntrico. Probablemente la tercera persona es la vacuna para controlar ese ego, pero tampoco funciona. Son paradigmas o elementos ya un poco superados, se está buscando encontrar otras formas. Ya no extraña tanto ver una primera persona; lo importante es para qué.

¿Quieres agregar algún comentario que creas pueda generar preguntas y disparar la reflexión?

 

Una de las cosas que pienso cada día es si tiene sentido lo que intento hacer. Y muchas veces nos cuestionamos a cuánta gente llega, por qué… Y no sé, el día que pase a ser mainstream perderá su sentido. De alguna manera tiene que ser marginal quizá porque es más hondo, más profundo. O quizá muchas veces lo piense así para justificar lo que hago, el largo plazo. Pongo mi dosis de esperanza en que eso haga pequeños cambios, ir cimentando, lo que queda, las semillas. Eso de que el periodismo puede cambiar el mundo… bueno, es mas bien mil derrotas y una victoria ¿no? Pero hay que plantar una semilla, alguien más tiene que regarla, no estamos solos en el mundo. Al final esta impotencia es que estamos en el mundo, no es que solo de forma omnipotente puedes, estás en el mundo, y eres hijo, hermano, padre de sus traiciones. Son dolorosas, pero forma parte.

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